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Orquesta Filarmónica de Dresde

Michael Sanderling

Carolin Widmann


Función 8 Primer Ciclo
TEATRO COLÓN
Lunes 1 de septiembre a las 20:30 hs.

Orquesta Filarmónica de Dresden
Director, Michael Sanderling
Solista, Carolin Widmann, violín

PROGRAMA PRIMER CICLO
WITOLD LUTOSLAWSKI (1913-1994)
Kleine Suite

LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827)
Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 61

JOHANNES BRAHMS (1833-1897)
Sinfonía n° 1 en Do menor, Op. 68

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Una de las favoritas del público argentino, la gran Orquesta Filarmónica de Dresden, se presenta una vez más convocada por el Mozarteum Argentino. Esta vez presidida por el joven director germano Michael Sanderling, la agrupación contará con la colaboración solista de Carolin Widmann, una de las violinistas más apreciadas por la crítica especializada internacional.
ORQUESTA FILARMÓNICA DE DRESDEN
Con una tradición que se remonta al año 1870, cuando fue fundada, la Filarmónica de Dresden es una de las grandes orquestas del panorama internacional, habiendo alcanzado fama mundial a partir de la década de 1930, bajo el liderazgo de Paul van Kempen. Desde entonces algunos de los grandes directores del siglo XX, entre quienes se incluyen Heinz Bongartz, Kurt Masur, Michel Plasson, Marek Janowski y Rafael Frühbeck de Burgos, se han sucedido como directores principales al frente del organismo. Desde la temporada 2011-12, es Michael Sanderling, quien ha asumido la Dirección Principal de la agrupación. La Orquesta Filarmónica de Dresden realiza frecuentes giras, las últimas de las cuales, incluyeron España y Estados Unidos en 2004, Sudamérica en 2005, Suiza el siguiente año, Estados Unidos, Japón y Korea,  en 2008. Será esta la sexta visita de la Orquesta Filarmónica de Dresden a nuestro país invitada por el Mozarteum Argentino,  habiéndose presentado durante las temporadas 1992, bajo la dirección de Michel Plasson; 2000, con Gerd Albrecht como director; 2002, junto al Coro de la Iglesia de la Santa Cruz de Dresden, con dirección de Roderich Kreile y en las temporadas 2005 y 2010 bajo la batuta de Rafael Frühbeck de Burgos


MICHAEL SANDERLING, director
Nacido y educado en Berlín, Michael Sanderling se cuenta entre los más prometedores directores de su generación. Su debut conduciendo la Filarmónica de Dresden, en el año 2005, marcó el inicio de una frecuente y estrecha colaboración con este organismo orquestal, del cual fue nombrado Director Principal a inicios de la temporada 2011-12.

Formado como violonchelista y elegido por Kurt Masur como violonchelista principal de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig cuando contaba diecinueve años de edad, se desempeñaría luego, con el mismo cargo, en la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín. A la par de su carrera como intérprete solista se fue dedicando a la dirección hasta convertirse en Director Artístico y Principal de la Academia de Cámara de Potsdam, en el año 2006 y hasta el 2010. Ha trabajado asimismo como director invitado de algunas de las principales orquestas europeas, incluyendo la Tonhalle de Zürich, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera y la Filarmónica de Munich.


CAROLIN WIDMANN, violín
Oriunda de Munich y formada en Colonia, Boston y Londres, Carolin Widmann se destaca como una violinista de excepción que aborda con su destacado compromiso interpretativo y depurada técnica, tanto el repertorio Clásico-Romántico, como el estreno y la grabación de numerosas creaciones contemporáneas. Frecuente Artista Invitada de los festivales de Lucerna, Schleswig-Holstein y Salzburgo, se ha presentado como solista junto a la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, la Orquesta Nacional de Francia, la Academia Nacional Santa Cecilia de Roma, la Sinfónica de la BBC y la Filarmónica de Londres, entre otras, colaborando con directores como Riccardo Chailly, Sir Roger Norrington, Peter Eötvös y Heinz Holliger. Su disco debut, “Reflections I”, obtuvo el Premio de la Crítica otorgado por la Asociación de Críticos Alemanes. Desde entonces, sus producciones discográficas para el sello ECM han sido aclamadas en su país y en el exterior, recibiendo, entre otros galardones, el Diapason d´Or.


COMENTARIOS AL PROGRAMA 

WITOLD LUTOSLAWSKI (1913-1994): Pequeña Suite
Entre los años 1950 y 1951 el compositor polaco Witold Lutoslawski compuso una obra que se convertiría en la pieza orquestal más popular de la década en su país natal. Basada especialmente en los cantos y las danzas folklóricas de la región de Machov, hoy República Checa, al sudoeste de Breslau (actualmente Wroclaw), la Mala Suita (Pequeña Suite) para orquesta, surgió gracias a un encargo de la Orquesta de la Radio de Varsovia.

Más allá de que esta orquesta de cámara se dedicara especialmente a la interpretación de piezas populares, Lutoslawski tenía frente a sí, al componer esta obra, la posibilidad de volver a ser aceptado por el régimen comunista gobernante, el cual poco tiempo antes lo había sido acusado y censurado por el “formalismo” de su música, tras el estreno de su Sinfonía n°1 (1948).

Quien durante la Segunda Guerra Mundial y, nuevamente tras la censura, sobrevivió tocando el piano en cafés y componiendo música para el cine, la radio y la televisión, hallaba mediante esta obra la posibilidad de redimirse artísticamente, respondiendo a realismo socialista dominante, instaurado desde Moscú.

El brillante compositor egresado en 1938 del Conservatorio de Varsovia concibió entonces una obra en cuatro movimientos que se inicia con Fujarka (Pífano), un Allegretto centrado precisamente en fugaces pasajes para la flauta Piccolo, acompañada por el redoblante y las cuerdas asordinadas realizando armónicos, asemejando una graciosa marcha de melodía popular en medio de la cual irrumpen pasajes de amenazante marcialidad. La segunda pieza es una danza burlesca cual un scherzo con ritmo de polka, signada por un impetuoso moto perpetuo que descansa tan solo al llegar la reflexión del fagot, antes del sorpresivo final. El tercer número de la suite, Piosenka (Canción), de tempo Andante Molto Sostenuto, se plantea como el pequeño espacio contemplativo de la obra, con sus exquisitos juegos tímbricos a cargo de los vientos y un paulatino crecimiento de la intensidad. Allegro Molto, la última pieza, Taniec, otra danza, contrasta la nostalgia característica de sus armonías y giros característicos eslavos con la exhuberancia de la fanfarria.



LUDWIG VAN BEETHOVEN (1770-1827): Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 61
Habiendo culminado pocos meses antes la escritura de su Cuarto Concierto para piano y orquesta y luego de un extenso período dedicado a su única ópera Fidelio, el compositor que había revolucionado la escritura orquestal con una obra como la Eroica, dirigía ahora su interés hacia el violín, un instrumento que conocía muy bien como intérprete desde su infancia, si bien su talento como ejecutante se había manifestado en el teclado.

El compositor que ya había publicado nueve de las diez sonatas que escribiría para violín y piano además de tres obras concertantes para el instrumento (dos Romanzas para violín y orquesta y el Triple concierto), dedicaba en el año 1806 a la creación de su único Concierto para Violín y Orquesta al gran virtuoso Franz Clement. El “Mozart del violín”, quien había pasado su niñez y adolescencia en gira asombrando a las cortes de toda Europa y quien había estrenado la Tercera Sinfonía de Beethoven desde el atril de primer violín, era ahora el director y concertino de la orquesta del Theater–an-der-Wien. Reconocido lector a primera vista y legendario por las proezas de su memoria, tanto al piano como con el instrumento de arco, Clement estrenó este concierto el 23 de diciembre de ese año de 1806 en una velada que incluyó además obras de Méhul, Mozart, Cherubini y Händel, sin lograr impresionar al público con la nueva creación del compositor afectado de sordera, según testimonian las crónicas de quienes estuvieron presentes entonces.

Tan solo casi cuatro décadas después, el Concierto para Violín en Re mayor de Beethoven, fue redescubierto para el gran público, gracias a la impactante interpretación que realizara de la obra el célebre violinista húngaro Joseph Joachim, que entonces contaba tan solo doce años de edad, nada menos que con Félix Mendelssohn en el podio, el 27 de mayo de 1844, en Londres. Desde entonces la obra pasó a formar parte del repertorio de concierto de los grandes violinistas alrededor del mundo.

Al igual que en el Cuarto Concierto para piano y más allá de los mojones de gesto enérgico puntuados por los timbales, como en el inicio del primer movimiento Allegro ma non troppo,  Beethoven explora a través de los tres movimientos que integran la obra un camino que da lugar a la contemplación introspectiva y el lirismo, la gracia, la elegancia, la delicadeza. Es así como, difiriendo de lo que podía esperarse en su tiempo para la primera aparición del violín solista, el compositor le otorga como presentación un inspirado pasaje cadencial durante el cual, como si se tratara de una improvisación previa al discurso, recorre ampliamente el registro del instrumento a través de delicados arpegios para luego dar lugar al esbozo del material temático del segundo tema, sobre el cual estarán basados los pasajes solistas a través del movimiento.

Al momento del segundo movimiento, Larghetto, Beethoven utiliza uno de sus procedimientos favoritos: el tema con variaciones. El tema es expuesto en su primera aparición con una escritura de coral para ser rememorado en la primera variación, por los cornos y secundado por los clarinetes. Es entonces cuando el violín solista realiza su primera aparición, comentando la idea principal. Mientras en la segunda variación es el fagot el que sostiene el tema, el expresivo recitado del violín continúa enlazando con vehemencia e intimismo una y otra de las variaciones siguientes: la tercera a cargo de las cuerdas tocando pizzicato, la cuarta respondiendo, tras una aparición de los cornos, al verticalismo del coral inicial. La sublime cadencia final resuelve, sin solución de continuidad, en las primeras notas del tema principal del rondó que culmina la obra. Página brillante y signada por su vivacidad rítmica, Beethoven despliega aquí una escritura al mismo tiempo virtuosa y refinada para el solista.



JOHANNES BRAHMS (1833-1897): Sinfonía n° 1 en Do menor, Op. 68
Monumental e incisiva, expansiva y esencial, novedosa y, sin embargo, sucesora de la tradición. ¿Cómo debía de ser una sinfonía luego de las “Novenas” de Beethoven y Schubert? ¿Cómo escribir una primera creación para el género que se había erigido en estandarte de la música germana? Por sobre todo: ¿cómo ser fiel a sí mismo, a su lenguaje y a su propio tiempo sin negar el ya casi mítico pasado inmediato? Probablemente estos cuestionamientos se hallaran para Brahms, junto a búsquedas texturales, armónicas y estructurales, en el entramado creativo que daría origen a la primera de sus cuatro sinfonías.

La gran obra orquestal en la cual comenzara a trabajar a los veintitrés años de edad, en 1855, en Düsseldorf, sería culminada y estrenada tan solo veintiún años más tarde, el 4 de noviembre de 1876 en Karlsruhe. Un primer bosquejo de la obra, terminado en 1858 y ampliamente influenciado por las obras finales de Beethoven, pasó a formar parte de la música de su Primer Concierto para piano y orquesta. Una y otra vez, durante los años siguientes, el compositor originario de Hamburgo, mostró las ideas que iba plasmando en el papel para esta primera sinfonía a su gran amiga y consejera Clara Schumann. Viuda ya de Robert, de quien Brahms fuera el discípulo dilecto, la compositora y gran pianista alemana animó una y otra vez al músico, al igual que tantos otros allegados, a completar y dar a conocer esta obra que prometía restaurar y a un tiempo renovar la más pura tradición sinfónica germana, en oposición a la novedad planteada por Liszt y sus poemas sinfónicos, en un movimiento, inspirados en obras literarias y programas extra-musicales.

El desafío era entonces crear una gran obra musical cuyas ideas originales fueran musicales y, tratándose del gran género que Beethoven revolucionara, Brahms manifestaría a Clara: “No tienes idea lo que es escuchar los pasos de un gigante como ese detrás de ti”.

A los cuarenta y tres años de edad, en septiembre de 1876, Brahms daba al fin por terminada la obra. El eminente crítico Eduard Hanslick, en su reseña de la primera audición de esta creación, en Viena, dejaba asentada con su pluma la ansiedad general ante la Primera Sinfonía del ya reconocido compositor: “(…) rara vez, o nunca, ha esperado todo el mundo musical, la primera sinfonía de un compositor con una anticipación tan tensa”.

Cual un poderoso latido que decanta a partir del estallido inicial, comienza el primero de los cuatro movimientos de esta Sinfonía en Do menor. Pasando por la tensión de los cromatismos y las séptimas disminuidas el llamado de atención se torna tan ineludible que permite a Brahms coronar la introducción con un pasaje de hondura expresiva, extraordinariamente suspensivo, liderado por el oboe y el violonchelo solista. Las luces y sombras se continuarán durante el Allegro, más allá de las metamorfosis armónicas y de los notables cambios de tempo, mediante transformaciones texturales que conducen a la orquesta desde pasajes caracterizados por una expansión titánica a momentos de una escritura de cuño camarístico. Sin embargo, todo sucede en el curso de una fluida y vertiginosa mutación, como cuando el segundo tema inaugurado sutilmente por el oboe y acompañado por una escritura que asemeja al coral, se ve fugazmente desplazado por el inquietante motivo de las cuerdas. Reminiscencia de la palpitante introducción, la coda concluye este movimiento de forma sonata con una direccionalidad ascendente que ve cumplida su vocación al finalizar en modo mayor.

Andante sostenuto, el segundo movimiento escrito en Mi mayor, despliega con profundo lirismo y una magnífica orquestación, toda la marea de pasión de ese romanticismo final característico de un Brahms que residía en Viena desde comienzos de la década de 1860. Nuevamente el oboe es aquí el alma introspectiva del movimiento. La melodía que una y otra vez presentó este instrumento a través del mismo hallará su transfiguración al final, evocada por el primer violín para llegar luego a su más sutil exaltación en un dúo con el corno francés.

Continuando con la estructura clásica Brahms planteó un scherzo, Un poco allegretto e grazioso como tercera parte de la obra. El mismo, creado en la tonalidad de La bemol mayor, se inicia cual una filigrana de timbres que se enseñoreará en un expansivo segundo tema el cual rememora con sus llamados tanto los palpitantes latidos del primer movimiento como los inconfundibles triples toques de atención beethovenianos en la Novena Sinfonía.

Desde el silencio, un crescendo que asemeja armónicamente la introducción del inicio de toda la obra, da comienzo al más dilatado y vasto de los movimientos de la obra. En un clima de misterio y extrañeza, el cual incluye un inquieto pasaje liderado por pizzicati y punteados de las maderas, Brahms va engendrando los trazos del motivo principal de este último movimiento. Finalmente, la primera certeza aflora con solemnidad mediante la aparición de los cornos con un pasaje en Do mayor cuya melodía ya había sido escrita por el compositor como obsequio de cumpleaños para su querida Clara Schumann en 1868.  La misma, homenajeando a la tradición germana, eclosiona en un coral encabezado por los trombones y, a partir de allí da comienzo un Allegro que crecerá hasta la afirmación climática total de la tonalidad de Do mayor. Junto al coral y previo a la reaparición de este, será convocado otro procedimiento tan caro a la tradición de la música pura germana como la fuga. Al mismo tiempo, el tema principal de este finale se asemeja, sin dudas, a la melodía de la “Oda a la Alegría” del último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven. No por nada el gran director orquestal Hans von Bülow elogiaría a Johannes Brahms apodando a esta sinfonía “la Décima de Beethoven”.

Claudia Guzmán

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