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Orquesta de Cámara de Munich

Hakan Hardenberger


Función 1 Primer Ciclo
TEATRO COLÓN
Lunes 21 de abril a las 20:30 hs.

Orquesta de Cámara de Munich
Solista: Hakan Hardenberger, trompeta

PROGRAMA PRIMER CICLO
SÁNDOR VERESS (1907-1992)
Cuatro danzas de Transilvania

GEORG PHILIPP TELEMANN (1681-1767)
Concierto para trompeta en Re mayor, TWV 51: D 7           

ANDRÉ JOLIVET (1905-1974)
Concertino para trompeta, piano y cuerdas

FELIX MENDELSSOHN (1809-1847)
Sinfonía n° 10 en Si menor

BÉLA BARTÓK (1881-1945)
Divertimento para orquesta de cuerdas BB.118

La 62° Temporada del Mozarteum Argentino dará comienzo con una nueva presentación de la Orquesta de Cámara de Munich, agrupación líder en su tipo, la cual en esta oportunidad contará con la participación especial de Hakan Hardenberger, quien es considerado uno de los más notables solistas de trompeta de la actualidad.  
ORQUESTA DE CÁMARA DE MUNICH
Sus creativos programas, en los cuales se conjugan tradición e innovación como la homogeneidad de su sonido, son dos de los rasgos más notables de esta agrupación camarística fundada 60 años atrás. Presentando programas compuestos tanto por obras clásicas como contemporáneas e incluyendo frecuentes estrenos mundiales, la Orquesta de Cámara de Munich emprende con maestría y entusiasmo, el desafío de lograr un equilibrio perfecto a través de dicho contraste.

La agrupación, que se presentó por última vez para el Mozarteum Argentino en la Temporada 2011, ha merecido las máximas distinciones tanto por su calidad interpretativa como por la creatividad de sus propuestas. Entre ellas cabe destacar el Premio de la Asociación de Editores Musicales al “Mejor Programa de Concierto” en las temporadas 2001/02 y 2005/06, el Premio Musical de la Ciudad de Munich año 2000, el Cannes International Classical Award, Grants-in-aid from the Ernst von Siemens Musikstiftung y el "New Listening"-Prize, otorgado por la Fundación "Contemporary Music in Dialogue" y la Academia de Bellas Artes de Baviera, por su exitosa difusión de la música contemporánea.
HAKAN HARDENBERGER, trompeta
“Hakan Hardenberger, el más puro y sutil intérprete de trompeta del mundo”: así describió The Times, el periódico londinense, a quien es hoy reconocido como uno de los más notables trompetistas de la actualidad. A la par de ofrecer fantásticas versiones del repertorio clásico, es aclamado como un pionero en lo que hace al estreno de nuevas y virtuosas obras contemporáneas para trompeta.

Veintiún años después de su primera y única presentación ante el público del Mozarteum, este gran trompetista sueco retorna con la experiencia de sus presentaciones junto a las principales orquestas de Europa y Estados Unidos, como las filarmónicas de Nueva York y Viena, las sinfónicas de Londres y Boston, entre tantas otras

Asimismo dedicado a la dirección en la actualidad, Hardenberger cuenta en su haber con una extensa producción discográfica para los sellos Philips, EMI, Deutsche Grammophon y BIS.

COMENTARIOS AL PROGRAMA  por Claudia Guzmán

SÁNDOR VERESS (1907-1992): Cuatro danzas de Transilvania           

Discípulo de composición y piano de Zoltán Kodály y Béla Bartók, respectivamente y tiempo después profesor de György Ligeti y György Kurtag, el etnomusicólogo y compositor Sándor Veress emerge como una figura decisiva en el panorama de la creación musical húngara del siglo veinte.

Formado en la Academia “Franz Lizst” de Budapest, este hombre nacido en Kolozsvár (Cluj Napoca) al arrullo del río Somesul Mic, en la actualidad noroeste de Rumania, se dedicaría a conjugar las que fueran las pasiones de sus padres: su madre era cantante y su padre historiador. Ya a los veintiún años de edad, en 1928, comenzó a desempeñarse como asistente de Lázló Lajtha en el Museo Etnográfico de Budapest para luego resultar elegido por Bartók, en 1934, como su asistente de investigación en la Academia de Ciencias Húngaras. Allí, Veress se convirtió en un notable investigador de la música folklórica húngara. Los estudios étnicos de la música de su patria teñirían desde entonces toda la obra creativa de Sándor Veress, así como sucedía con las composiciones de su mentor Bártok. Aún durante la segunda parte de su vida, la cual transcurrió en Suiza, donde se desempeñó como profesor de Etnomusicología y Composición en la Universidad de Berna, este creador húngaro seguiría fiel al legado de su tierra, explorando su riqueza desde la creación.

Es este el caso de las Cuatro Danzas de Transilvania, las cuales Veress completó a finales de la década de 1940, poco antes de tomar la decisión de no volver a Hungría por los riesgos que implicaban la nueva situación política del país. El mismo creador se referiría a estas cuatro danzas como “recreaciones libres de ciertos estilos de danzas indígenas de poblados húngaros, particularmente de la región de los Székler de Transilvania”. Si bien para entonces Transilvania ya no pertenecía a Hungría, Veress elige para estas danzas los giros melódicos y los ritmos típicos del que fuera uno de los grupos más antiguos entre los habitantes de la región: los Székelys, quienes habían luchado en defensa del Reino Húngaro contra los Turcos Otomanos ya desde finales de la Edad Media.

La primera de las danzas, Lassu (lentamente), da paso con su inconfundible tono nostálgico a la enérgica Ugrós, una danza de parejas de métrica binaria, típica por sus numerosos saltos y ritmos sincopados, que encuentra sus orígenes en las danzas de armas que se bailaban en la región en época medieval. A la tercera, Lejtos le sigue la vibrante Dobbantós, una gozosa estampida final caracterizada por decididas puntuaciones y coloridos entramados modales.


GEORG PHILIPP TELEMANN (1681-1767): Concierto para trompeta en Re mayor, TWV 51: D 7                       

Considerado entre los más prolíficos creadores musicales de todos los tiempos, no podía faltar en el catálogo de composiciones de Georg Philipp Telemann seis conciertos y dos sonatas de concierto para trompeta solista. Instrumento de orígenes remotos, con ancestros que se remontan a las trompetas naturales realizadas a partir de caracoles marinos y cuernos de animales, reservado para el ámbito sacral, militar y cortesano durante siglos, hubo de esperar al Barroco para comenzar a ser considerado como un instrumento solista capaz no tan solo de ofrecer esa penetrante e incisiva sonoridad que lo caracteriza, sino también tonos más cálidos y sutiles.

Generalmente construida de bronce o realizada en plata en el caso de algunas trompetas ceremoniales, solían construirse en los tonos Fa, Mi ó Re en Alemania. De allí la elección de esta tonalidad brillante por parte de Telemann, como centro para este Concierto para trompeta y orquesta en Re mayor.

Compuesta aproximadamente entre 1708 y 1714, probablemente mientras el músico se desempeñaba como Maestro de Conciertos al servicio del Duque Johann Wilhelm de Sajonia, en Eisenach, durante el que fuera uno de los períodos más productivos de su vida en particular en lo que hace a la escritura de sonatas y conciertos.

Habiendo ya tomado contacto con las últimas novedades italianas en lo referente a la creación de conciertos y con creadores como Giuseppe Torelli como modelo. Telemann plasmó en esta obra el formato de las sonatas da Chiesa (Sonatas para la Iglesia), de entonces, planteando la obra en cuatro movimientos contrastantes. Había sido Torelli, en Bologna, quien había comenzado a proponer en sus obras nuevas posibilidades para la trompeta como instrumento solista, con más de treinta conciertos para ese instrumento y orquesta, en los cuales expandió la escritura para este difícil instrumento, por entonces aún  sin válvulas, acercándola a la escritura que desarrollara para el violín.

Solemne es el inicio del Adagio, encabezado por la trompeta en un registro agudo que requiere la máxima delicadeza por parte del intérprete para exponer dilatadas frases constituidas por ornamentos que asemejan los fluidos juegos de espacios cóncavos y convexos de la arquitectura Barroca. El segundo movimiento, Allegro, está construido al modo de ritornelli (frases orquestales que retornan una y otra vez entre los episodios del solista), siguiendo, muy posiblemente, a Vivaldi, en este su procedimiento favorito. Sin embargo, más allá de seguir las huellas del compositor veneciano por cuestiones estilísticas, es necesario a Telemann para dar al solista la posibilidad de realizar pausas para respirar. El Grave que abarca el tercer momento de este concierto, escrito en la tonalidad de Si menor, aparece como un introspectivo remanso a cargo de las cuerdas y el bajo continuo para dar luego paso al fugaz Allegro finale, en el cual la trompeta retorna con todo su esplendor y virtuosismo.


ANDRÉ JOLIVET (1905-1974): Concertino para trompeta, piano y cuerdas

En el año 1948 el compositor francés André Jolivet daba a conocer su Concertino para trompeta, piano y cuerdas. Quien por ese entonces se desempeñaba como Director Musical de la  Comédie Francaise (una de las más antiguas e insignes instituciones artísticas de su patria), compositor de partituras para nuevas puestas de Molière, Racine, Shakespeare y Claudel, y amante del ballet, arte nacional indiscutido, se referiría a esta obra como “uno de mis ballets para trompeta”.

Autor asimismo de un Concierto para trompeta n°2, este compositor particularmente interesado en la acústica, la exploración tímbrica y la fuerza dramática emocional de la música, plasmó esas inquietudes en una obra de contornos tan histriónicos que, finalmente, terminaría siendo coreografiada para convertirse en un ballet.

A través de secciones que se suceden sin solución de continuidad, Jolivet, quien fuera el único discípulo europeo de Edgar Varêse y gran amigo de Oliver Messiaen, interesado como este último en el diálogo entre la música y la espiritualidad, despliega un vívido mosaico en el cual conviven las más diversas propuestas: el humor, la melancolía, el jazz, la tonalidad y algunos mínimos rasgos de atonalidad libre, todo manifiesto mediante vigorosos gestos y una magistral trama contrapuntística.


FELIX MENDELSSOHN (1809-1847): Sinfonía n° 10 en Si menor           

Antes de convertirse en el más “clásico” de los románticos, antes de ser aclamado como director, pianista, organista y compositor en toda Europa y cuando aún faltaban algunos años para que surgieran de su pluma sus cinco grandes sinfonías de madurez, un joven Felix Mendelssohn producía entre los años 1821 y 1823 trece sinfonías para cuerdas.

Educado junto a su hermana Fanny, ambos prodigios musicales manifiestos desde temprana edad, en el seno de la más alta intelectualidad berlinesa. Nieto de Moses Mendelssohn, uno de los más destacados filósofos del iluminismo germano e hijo de Abraham, un prominente banquero, y Lea Solomon, presumiblemente una música dotada que inició a sus hijos en el mundo de la música, fue tutelado por los más notables artistas del momento, tanto en Berlín como durante su estadía en otras ciudades del continente.

No resultó sorprendente, por ello, que a los doce años de edad, ya contara en su producción con dos singspiel para el teatro, numerosas fugas para cuarteto de cuerda, una sonata para piano y que, durante ese año en que se vería impresionado por las tempestuosas novedades románticas de Weber, al asistir al estreno de El cazador furtivo, sin dejar de mencionar sus conversaciones con un septuagenario Johann Wofgang von Goethe en Weimar, el adolescente completara seis sinfonías para cuerdas.

La Décima Sinfonía llegaría dos años más tarde, en mayo de 1823, mientras Felix completaba y preparaba la puesta de su cuarta producción para el teatro Die beiden Neffen (“Los dos sobrinos”) y mientras componía cinco conciertos para diversas formaciones solistas, bajo la guía de su maestro Carl Friedrich Zelter. Estructurada en un único movimiento que se inicia, al modo del clasicismo final, con un suspensivo Adagio para dar paso a un brioso Allegro, esta Sinfonía en Si menor sigue los lineamientos clásicos sin por ello evidenciar decididos trazos románticos. Si bien la huella de las sinfonías para cuerdas de Carl Philipp Emanuel Bach, uno de los compositores fundamentales en lo que hace al género, es patente, también lo son los ansiosos torbellinos de un naciente romanticismo germano en manos de quien sería uno de sus máximos cultores.


BÉLA BARTÓK (1881-1945): Divertimento para orquesta de cuerdas BB.118           

Así como las Danzas de Transilvania de su discípulo Veress marcaron la despedida de aquel de su patria, diez años antes, en 1939, y ante el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el Divertimento para orquesta de cuerdas surge como obra emblemática del inicio del exilio de Béla Bartók.

Tras la anexión de Austria a la Alemania nazi en 1938 y los acuerdos germanos con Hungría, la actividad de Béla Bartók como pianista e investigador declinó debido a sus ideas contrarias al régimen. Gran humanista, el músico siempre había manifestado su respeto y admiración por la cultura de todos los pueblos, lo cual había defendido desde su trabajo de campo como etnomusicólogo, recolectando mediante anotaciones y grabaciones toda una herencia folklórica del este europeo, Turquía y aún del norte de África que se estaba perdiendo para siempre. Esta manera de pensar le había acarreado problemas y enfrentamientos con las corrientes nacionalistas de su propio país ya desde la década de 1920. Ahora, tras el Anschluss, Bartók sintió peligrar aún el futuro de sus obras y comenzó a enviar sus manuscritos hacia Londres, Suiza y los Estados Unidos si bien él mismo no aceptaría abandonar su tierra natal hasta la muerte de su madre, la cual acaeció finalmente en diciembre de ese año 1939.

Fue unos meses antes de ese final anunciado, cuando el gran director y promotor musical suizo, Paul Sacher, ofreció al compositor escribir una obra para su orquesta de cuerdas en Basilea. Realizando entonces una pausa en los preparativos a su partida del viejo continente rumbo a Estados Unidos, Bartók viajó a Suiza donde, junto a su esposa y hospedado en el chalet de montaña de su amigo Paul, escribió en quince días este Divertimento en tres movimientos.

Dedicada a Sacher, para quien ya había compuesto la Música para cuerdas percusión y celesta, de 1934, la obra sería exitosamente estrenada por el eminente director en Junio de 1940 en Basilea, mientras Bartók se despedía de su amada Budapest para ya nunca regresar.

Si bien las circunstancias parecían ser las más sombrías, Bartók concibió una obra luminosa que, una vez más, homenajea al magnífico linaje folklórico húngaro a través del tamiz de su propio estilo pleno de osadías armónicas, texturales y contrapuntísticas. En el marco de una escritura que utiliza al máximo las posibilidades de las cuerdas, tanto en lo que hace a su homogeneidad como grupo instrumental, como a las posibilidades de producir timbres diversos y novedosos, aparecen los contundentes gestos rítmicos, los inconfundibles giros melódicos y los sabores modales de diversas danzas típicas de ese pluricultural este europeo que por entonces veía amenazada toda su tradición.

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