BUDAPEST FESTIVAL ORCHESTRA
Por Pablo Gianera
Para LA NACIÓN
Una gran orquesta para la apertura de la temporada 2011 del Mozarteum
La Nación

Iván Fischer, al frente de una gran orquesta.
Eduardo Carrera / AFV
Budapest festival Orchestra. Programa: Dance Suite, BB 86, de Bela Bartok; Concierto para violín y orquestan° 1 en Re mayor, op. 6, de Niccolo Paganini; Sinfonia n° 5 en mi menor, op. 64, de Piotr Ilich Tchaikovski. Dirección: Ivan Fischer. Solista: Jozsef Lendvay (violin). En el Teatro Colon.
Nuestra opinión: muy bueno
Fundada por Iván Fischer, su director, la Budapest Festival Orchestra, que abrió la temporada del Mozarteum Argentino, es sin duda una de las orquestas más consistentes que se hayan escuchado en Buenos Aires en el último tiempo. La cuerda es sencillamente pasmosa y aun así es imposible preferirla a cualquiera de las otras secciones. Pero en realidad no es sólo la orquesta; es el enfoque general que Fischer proyecta sobre ella, que parece a su vez hecha a la medida de ese enfoque.
Ya al principio, en la Dance Suite de Béla Bartók, Fischer probó que es capaz de los contrastes más abruptos sin resignar homogeneidad ni coherencia. El director dividió en dos los seis movimientos de la suite con el "Molto tranquilo" como bisagra, y su lectura resultó apasionante de principio a fin. En cambio, la orquesta quedó en un inevitable segundo plano en el Concierto para violín N° 1 en Re mayor, de Niccolò Paganini. Que el violinista József Lendvay sea un virtuoso no quiere decir que se complaciera en la exhibición de su pericia para resolver las demandas técnicas. Por el contrario, Lendvay fue sumamente sobrio, casi impasible, como si pensara que los aspectos más exteriores quedaban cubiertos con lo escrito por Paganini. Aunque no estuvo del todo diáfano en los pasajes más rápidos, no perdió nunca ese cantabile tan decisivo en las líneas del compositor italiano.
En verdad, cuando se habla de una orquesta se habla también de los individuos que la integran. El nivel de la Budapest Festival Orchestra es no sólo colectiva sino también individualmente alto. Se pudo advertir esto en Bartók (por ejemplo con el fagot), y también en la Quinta, de Tchaikovski, con el desempeño de los metales y, especialmente, la bellísima arietta para corno del "Andante". La versión fue minuciosamente detallada, y Fischer actuó como una especie de maestro del suspenso, con sus dinámicas abruptas, sus silencios cortantes y sus frenadas en seco.
Quizá del mismo modo que algunos músicos de rock extranjeros suelen cantar en la Argentina con la camiseta de la selección de fútbol, los artistas clásicos buscan en el bis una conexión con el público local (recordemos, por caso, al pianista Jean-Yves Thibaudet, el año pasado, y el bis de "A fuego lento", de Horacio Salgán). Después de varios saludos, el director se quedó en el escenario y presentó una versión para orquesta del breve Tango, de Igor Stravinski. Pero eso no fue todo. Casi enseguida, Fischer dejó de dirigir y alentó a la platea para que alguien se animara a bailar. Nadie lo hizo, salvo un violista de la orquesta, que sacó a bailar a una violinista. Los pasos de la pareja fueron más bien a la europea, pero tuvieron gracia. No hubo, sin embargo, ningún atisbo demagógico en el cierre. Se respiró también allí la misma y perfecta naturalidad de todo el concierto.
Pablo Gianera