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: UN CIERRE DE LUJO PARA EL MOZARTEUM

Por Jorge Aráoz Badí  | Para LA NACION

Lunes 29 de octubre de 2012 | Publicado en edición impresa

FILARMÓNICA DE MINAS GERAIS / Director: Fabio Mechetti / Solista: Antonio Meneses (chelo) / Obras: Antonio Gómez: Protofonía de la ópera El guaraní; Dvorak: Concierto para chelo y orquesta Op. 104; Tchaikovsky: Sinfonía Nº 4 / Organiza: Mozarteum. Sala: Teatro Colón

Nuestra opinión: Excelente

Si para quienes escucharon el viernes a la Filarmónica de Minas Gerais en el Colón, la aparición de esta orquesta en uno de los estados de Brasil es un hecho excepcional, para los brasileños se trata simplemente de un suceso normal y una consecuencia tan lógica que no admite la menor posibilidad de asombro.

Minas Gerais, con sus 21 millones de habitantes, ha producido gran parte de los más trascendentes intereses y atractivos culturales que puede exhibir Brasil. Además de que no se puede entender el Barroco latinoamericano sin conocer Ouro Preto y la fascinante obra escultórica del Aleijadinho (declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1980), hay un estado de inquietud y curiosidad, particularmente evidentes en su capital Belo Horizonte, con un notable efecto potencial que actúa sobre todas las posibilidades de la gente para generar hechos artísticos. Una orquesta sinfónica era algo que faltaba y por eso, su nacimiento en 2008, fue asumido, simplemente, como una reverberación de esa movilidad social.


El chelista Antonio Meneses, lejos de la rutina.
Foto Maxi Amena.

La Filarmónica de Minas Gerais, convocada por el Mozarteum Argentino para concluir su temporada del año, tiene un brillo que impresiona especialmente, sobre todo porque no es meramente decorativo ni exteriormente lustroso. Es un brillo difícil de definir y pertenece al orden de la comunicación sensorial. En su sonido se percibe algo chispeante, pero terso; fulgurante, pero nunca agresivo. Ni siquiera en los fragmentos que corren el peligro de hacerse estruendosos, como ciertos pasajes de la obertura de El guaraní, del brasileño Antonio Carlos Gómez, o el movimiento final de la Cuarta sinfonía, de Tchaikovsky.

Estas cualidades son sin dudas atribuibles a su director, el paulista Fabio Mechetti, quien mostró su convicción y estabilidad estilística en todo momento, pero particularmente, en el Concierto para violonchelo y orquesta, de Dvorák, logró un tratamiento ambiental y una penetración en el carácter de la obra de empinada calidad musical. Y esto fue muy notable, porque la labor reservada por el compositor checo para la orquesta no es simplemente un acompañamiento. Como director, se lo recordará en Buenos Aires por su cabal sentido de las proporciones y por la dignidad de sus enfoques.

Por su parte, el chelista de Recife, Antonio Meneses, cuya labor internacional es bien conocida y valorizada por todos los que están informados sobre la actualidad musical, ofreció una versión memorable de ese difícil y tan hermoso concierto, no sólo por su impecable ejecución, sino por el alto vuelo interpretativo y la hondura de su enfoque, absolutamente opuesto a la rutina.

Para el Mozarteum fue la espléndida despedida de su 60a temporada, que estuvo poblada de acontecimientos musicales, todos muy dignos de recordar.