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01 / 06 / 13

: NO ES VERDAD QUE NADA ES PERFECTO

Por Jorge Aráoz Badí  | Para LA NACION

Royal Concertgebouw Orchestra / Director: Mariss Jansons / Solista: Denis Matsuev, piano / Programa: Wagenaar: Obertura de La fierecilla domada; Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini; Tchaikovsky: Sinfonía Nº 5 / En el teatro Colón: el viernes pasado.

Nuestra opinión: excelente

El viernes se presentó en el Colón la Orquesta del Concertgebouw, de Amsterdam, que con las Filarmónicas de Berlín y Nueva York, integra el trío de sinfónicas consideradas las más importantes de la actualidad internacional. Se trata del desembarco en Buenos Aires de unos 120 instrumentistas que figuran entre los profesionales más notables y distinguidos de la actividad orquestal en el mundo.

El peso de esta breve presencia en el país, limitada a dos conciertos, inclina la balanza de la actual temporada con tanta contundencia, que convierte al 2013 en uno de los años musicales más memorables.

Si no se está habituado a escuchar a una orquesta como ésta con cierta frecuencia, el oyente puede enfrentar algunas perplejidades. Resulta innecesaria cualquier referencia a la precisión y autoridad técnica, la impecable seguridad de sus ataques o su excelencia rítmica, porque todo queda descartado por el suntuoso despliegue del material expresivo. Imposible llegar a una cosa sin la otra.

Pero lo que más impresiona es la calidad del sonido. Su densidad y esfericidad produce una sensación extrañamente confortable. No es exactamente el tipo de sonido que se obtiene al escuchar a la Concertgebouw en un disco. Cuando la sonoridad inunda la sala y el oyente siente que está impregnado por ella, la reacción tiene características orgánicas, con un grado de participación que sólo puede obtenerse ante el espectáculo vivo, real.

Al legado de sus distinguidos antecesores (Chailly, Haitink, van Beinum, Mengelberg) Mariss Jansons parece contribuir con un diseño de dirección en apariencia muy simple, como si no tuviera necesidad de forzar sus reclamos para intensificar acentos, redondear el color, evocar atmósferas, conseguir vehemencia, sutileza, lirismo. En la Rapsodia sobre un tema de Paganini, no hubo un sólo momento ganado por la divagación expositiva, tan común en otras versiones de la sólida arquitectura de Rachmaninov.

Por otra parte, las resonancias de su Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, permanecerán en la memoria del público que estuvo el viernes en el Colón, porque mostró cómo se puede lograr expresividad profunda sin dejarse ganar por los excesos sentimentales ni parecer distante de estos. Con una gran dignidad, Jansons alcanzó acentos auténticamente emotivos de esta obra. Lo contrario del sentimentalismo. (Por su actuación en el segundo movimiento, el cornista debería quedar en la lista de los mejores instrumentistas que pasaron por Buenos Aires.)

El concierto se inició con la Obertura de "La fierecilla domada" del holandés Johan Wagenaar, un buen ilustrador que no suscita demasiado interés musical. Por sus procedimientos de orquestación, seguramente le sirve a la orquesta como recurso para entrar en calor. Terminó con dos bises: un refinadísimo Minuetto del Quinteto de Boccherini y una resonante Danza Eslava Nº 7 de Dvorak.

Como solista de Rachmaninov, actuó en los dos conciertos el joven pianista ruso Denis Matsuev, fulgurante revelación interpretativa y mecánica con un sentido de la riqueza sonora pianística especialmente desarrollado. Además de ser un intérprete tan brillante, Matsuev impresiona por su gran frescura y espontaneidad y por un aplomo que descarta el uso de cualquier tipo de artificio. Por si fuera poco, aparece como un músico interesante que merecería ser escuchado en un programa entero. El clamor de un público fascinado lo llevó a agregar una Meditación, de las 18 Piezas Op.18, de Tchaikovsky y una rutilante improvisación sobre temas de Duke Ellington y Joseph Kosma.