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01 / 05 / 13

:JUSTA EXPRESIVIDAD

La orquesta canadiense dio un concierto formidable con su titular Kent Nagano. También se lució Serhiy Salov.

01.05.2013

Por Federico Monjeau

La Sinfónica de Montreal se presentó el lunes para el primer ciclo del Mozarteum con su titular Kent Nagano y un atractivo programa romántico, que aun sin desobedecer el convencional esquema de obertura-pieza concertante-sinfonía, se concentró convenientemente en cuatro décadas de historia alemana: de la Obertura y Música de Venusberg de la ópera Tannhauser (1845) de Richard Wagner a la Sinfonía N° 4 (1885) de Johannes Brahms, pasando por el Concierto para piano N° 2 de Franz Liszt, con el solista Serhiy Salov.

Nacido en Ucrania -donde debutó a los 11 años con el Concierto de Grieg- y nacionalizado canadiense, Serhiy Salov es un joven pianista de sonido robusto y ricamente diferenciado, ajeno sin embargo a cualquier gesto ampuloso; su extraordinaria personalidad artística se revela tanto en los pasajes netamente solistas como en aquellos más exquisitamente mimetizados con el sonido de la orquesta.


Audaz y reservado Kent Nagano se lució con su orquesta.
Foto MARIO QUINTEROS

De frescura desusada, su interpretación de Liszt mostró una perfecta sintonía con el enfoque de Nagano. Al frente de la Sinfónica de Montreal desde 2006, el eminente director nacido en California (de familia japonesa) es una de las grandes figuras de la dirección actual. Su estilo no podría definirse en una palabra, tampoco en una frase. Técnicamente es impecable y su orquesta tiene un sonido inmejorable. Es expresivamente reservado, pero al mismo tiempo no carece de audacia. En la obertura de Tannhauser, por ejemplo, puede rallentar el tiempo hasta la fragilidad misma de la frase, como si quisiera dejar oír las voces de los acordes en todo su grano y su espesor.

Y su interpretación de Brahms también es personal y diferente, aunque por otros motivos; no porque la interpretación vaya hacia los extremos, como en en la obertura de Tannhauser, sino porque transcurre en una esfera que no es del todo romántica ni del todo clasicista. Uno podría pretender una Cuarta sinfonía más trágica o con más pathos , pero conviene más entregarse a la irreprochable lectura de Nagano, tan intensa en el color orquestal y en los detalles de la frase, frase siempre a distancia de cualquier desborde.

Los bises que no había ofrecido el solista Serhiy Salov los repuso generosamente el director, con una hermosísimo Preludio del tercer acto de Lohengrin, un número de La Arlesiana de Bizet y el finale del Bolero de Ravel..