NOTICIAS NACIONALES E INTERNACIONALES
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Orquesta Filarmónica Joven de Friburgo
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La Orquesta Filarmónica Joven de Friburgo (Alemania) ofreció el miércoles 27 de agosto, en el Teatro Ópera, una Clase Magistral de Direccion Orquestal con estudiantes avanzados de dicha carrera en la Universidad Católica Argentina. Acompañados por el Mto. Andreas Winnen (Director de la Orquesta Filarmónica Joven de Friburgo) y el Mto. Guillermo Scarabino (Decano de la Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la UCA), seis jóvenes pudieron experimentar la dirección de una orquesta extranjera.
A continuación, la Orquesta Filarmónica Joven de Friburgo ofreció un concierto en el marco del ciclo de "Conciertos del Mediodía" 2008 del Mozarteum Argentino.
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La intimidad perfecta *
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La mezzosoprano estadounidense ofreció un maravilloso ciclo de Berlioz con la Filarmónica de Lieja.
Después de haber escuchado el debut de la mezzosoprano Susan Graham en Buenos Aires, no parece difícil comprender las razones por las que Les nuits d'été, el ciclo que el francés Hector Berlioz compuso sobre poemas de Théophile Gautier, encontró en ella a una de sus mejores intérpretes.
Si la solvencia con que Graham resuelve las exigencias técnicas que requiere el ciclo puede ser valorada ya en la perfecta grabación que ella hizo junto a la Orchestra of the Royal Opera House, bajo la batuta de John Nelson, en 1997, la audición en vivo agrega una parada escénica y una dimensión expresiva irresistibles.
La técnica de Graham es perfecta, las frases de largo aliento y los enormes saltos de la melodía desaparecen, se acortan en su voz. Con un registro asombrosamente parejo cuida y mide cada palabra al tiempo que la suma al flujo del canto para sostener la tensión de punta a punta de la obra. Una afección en la garganta que la obligó a beber agua a lo largo de la presentación puso a prueba su entereza. Aunque no interfirió en la calidad de su emisión, agregó -a fuerza de inspiraciones más profundas y cesuras más prolongadas-, dramatismo a la versión.
De todos modos, no es sólo el dominio técnico lo que convierte a Graham en una de las favoritas intérpretes de este ciclo. Su voz, incluso en los momentos más áridos, se reserva calidez y luminosidad. Sin rendirse del todo a la tristeza, su registro no se oscurece ni se engrosa, su enfoque se mantiene con digna reserva aun en los pasajes de mayor melancolía, y su cuerpo no se repliega ni ante las fantasmagóricas imágenes que su voz nombra y la orquesta dibuja.
Si las dos canciones extremas de este ciclo -Villanela e Isla desconocida- fueron apreciadas históricamente como dos momentos de alegría fugaz en la oscura melancolía del interior del ciclo, Graham revierte esa visión y unifica el tono: se sumerge en El espectro de la rosa y recorre el dolor de la pérdida con el recuerdo de la primaveral Villanela y La isla desconocida en el horizonte.
La Orquesta Filarmónica de Lieja, dirigida por Pascal Rophé, es el soporte exacto para esta expresión. Un sonido camarístico, que trabaja detalle y equilibrio general, y se contiene antes de ostentar efectos orquestales, permite que la voz de Graham fluya y se exprese sin proclamas.
Con una graciosa Seguidilla de la ópera Carmen (Bizet) y una irónica reverencia a la manera de una diva, Graham puso fin a su presentación. Antes, la orquesta de Lieja había sonado con precisión en la programática El cazador maldito, de Frank. El programa cerró con El mar de Debussy. Aquí el concertino arremetió con un vibrato algo ampulso, pero de todas formas la orquesta logró un cierre intimista y acorde con el tono de la noche.
* por Sandra de la Fuente. Buenos Aires, Clarin, 27 de agosto de 2008
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Clase Magistral de Susan Graham en Buenos Aires
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La aclamada mezzosoprano Susan Graham ofreció una clase magistral en Argentina para los alumnos del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Luego de sus dos presentaciones en Buenos Aires, junto a la Orquesta Filarmónica de Liège, dirigida por Pascal Rophé, los días 25 y 26 de agosto en el Teatro Coliseo, la artista dedicó la mañana del miércoles 27 a transmitir su experiencia y conocimientos.

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El Alban Berg, hacedor de milagros musicales
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Foto: Nicolás Sandlar
Recital del Cuarteto Alban Berg. Programa: Haydn: Cuarteto Nº 81 en Sol mayor, Op. 77, N° 1; Berg: Cuarteto de cuerdas, Op.3; Beethoven: Cuarteto Nº 15 en La menor, Op. 132. Mozarteum Argentino. Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: Excelente
Hace dos años, en su última visita, el Cuarteto Alban Berg, el celebérrimo ABQ, preparó un programa con Mozart en sus extremos y, en el centro, uno de los seis cuartetos de Bartok. Una jugada magistral. Ahora, en la que es anunciada como la despedida del ABQ, la propuesta fue toda vienesa, con tres cuartetos, sucesivamente, de Haydn, de Berg y de Beethoven. Pero, como para entender que el programa no es caprichoso, sino que tiene una lógica y un objetivo, dos son obras de madurez, las de Haydn y de Beethoven, en tanto que la de Berg es una obra tan sorprendente como inicial. Pero si bien el bosquejo es inteligente y atractivo en sí mismo, la idea es sólo la mitad de la criatura. En la música, un arte performático, las propuestas hay que plasmarlas en vivo, y en este terreno lo exhibido por el Alban Berg fue intensamente artístico y musical. O, de un modo más contundente, perfecto.
A lo largo de todo el recital, el ABQ denotó una técnica grupal completa y conceptos estéticos absolutamente claros. En el Cuarteto de Haydn, esencialmente de 1 + 3, con el primer violín claramente diferenciado, las cosas anduvieron fantásticas con un Günter Pichler iluminado en el primer atril. El de Berg, una obra de cambios texturales profundos, de conceptos novedosos y de contrapuntos atonales increíbles para un compositor que recién comenzaba su historia, requiere la suma de altas condiciones técnicas individuales y, al mismo tiempo, una integración grupal que permita entender planos e ideas de conjunto. El ABQ ofreció exactamente eso. Y en el Op.132 de Beethoven, los cantos individuales y las texturas plenas funcionaron de maravillas.
Pareciera que el ABQ sale al escenario con una estrategia clara: impactar desde el mismísimo comienzo de una pieza. Como si fuera sencillo, los músicos logran crear, a partir de las primeras notas, el color, el estilo y el sonido apropiados para una obra. El Op. 77, Nº 1 se asomó elegante, refinado, milimétrico y minucioso. Pero, Haydn y la Revolución Francesa de por medio, los primores casi rococós se alternaron con dramas, vidas encontradas y no pocas contradicciones. En el inicio del Cuarteto Op. 3 de Berg, la atmósfera vienesa de comienzos del siglo XX se apareció densa, oscura, atrapante, sumamente expresiva, atonal y envolvente. Todo en pocos segundos. Y en el preámbulo del Cuarteto en La menor de Beethoven brotaron, mágicamente, el misterio, la incertidumbre, los contrastes y algún escepticismo.
Obvio que para que la sorpresa inaugural no se diluya la continuidad debe darse en un alto nivel, ya que no todo es asombrar en el arranque para después poner el piloto automático. Y de eso se trató el concierto. De interpretaciones mantenidas en un nivel de calidad extraordinario. La enumeración de cada uno de los milagros que el ABQ ofreció a lo largo de la noche sería interminable. Por lo tanto, con cierta discrecionalidad, nos permitimos señalar, como paradigma de una excelencia prolongada, el tercer movimiento del Op. 132 de Beethoven. Extenso, estructurado esencialmente en dos secciones que se alternan con gran teatralidad, no exenta de alguna tragedia, los cuatro músicos confluyeron, en la primera parte, con la presentación del tema imitativo con un sonido de vibrato recatado, en tanto que los pasajes acórdicos que lo continúan fueron tocados sin vibrato, con una afinación y un balance irreprochables, forjando una especie de coral austero, religioso y sumamente calmo. Y la furia más musical y atronadora se descerrajaba arrolladora en la otra sección, esa en la que Beethoven se manifiesta a través de vientos huracanados. De principio a fin, ese tercer movimiento fue la síntesis de la altísima calidad de un grupo extraordinario.
Nadie discute ni niega el derecho que todo ser humano tiene de poder decidir en qué momento se acoge a la placidez del retiro. Sin embargo, ante la perfección de este Cuarteto Alban Berg, cuesta creer que hayan decidido ponerle fin a un camino de gloria cuando están en plenitud. En todo caso, bien podríamos sugerirles a estos músicos notables que tomaran el ejemplo de Los Chalchaleros, cuya despedida duró varios años y muchas giras. Si así fuera, nadie les reprocharía la violación de un anuncio si, algún día, se aparecieran, nuevamente, con toda su magia, por el horizonte de Buenos Aires.
* por Pablo Kohan para La Nacion, 2 de julio de 2008
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Brillante acontecimiento musical
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Inolvidable concierto ofreció el violinista Joshua Bell junto con el pianista Frederic Chiu
Recital del violinista Joshua Bell con el pianista Frederic Chiu. Programa: Sonata El trino del diablo, de Giuseppe Tartini; Sonata Nº 9 Op. 47 Kreutzer, de Ludwig van Beethoven; Sonata Nº 1 Op. 80, de Sergei Prokofiev; Melodía, de Piotr Illisch Tchaikovsky, e Introducción y tarantella, de Pablo de Sarasate. Mozarteum Argentino con auspicio de la Embajada de los Estados Unidos. En el Teatro Coliseo.
Nuestra opinión: excelente
En julio de 2003, Joshua Bell con el pianista Simon Mulligan ofrecieron un recital en el Teatro Colón, que sería inolvidable según se consignó en el comentario publicado en este mismo espacio de la sección Espectáculos y en el que también se enfatizaba, acaso de manera temeraria, que se había escuchado uno de los más excelsos recitales de la historia musical de Buenos Aires. Hoy, cinco años más tarde, se tiene la dicha de reafirmar aquel juicio y agregar que se ha escuchado a uno de los más notables violinistas de música de Occidente y que su nombre ha de perdurar como sinónimo de virtuosismo y de jerarquía artística.
Claro está que bien se conoce la existencia de una evolución en todos los aspectos de la vida y de modo muy especial en el terreno del arte de la interpretación, así como en lo referente al dominio técnico de los instrumentos y de la apreciación de los públicos, que se modifican al ritmo sutil e imperceptible del tiempo biológico. Pero lo que será absolutamente contundente y eterno es que el nombre de Joshua Bell figurará entre los mayores virtuosos del violín.
Ofreciendo un programa abarcador de diferentes estilos y épocas, desde el barroco hasta una de las líneas estéticas del siglo XX, Bell con la impecable colaboración del pianista Frederic Chiu, comenzó con una versión sin mácula de la sonata El trino del diablo, de Tartini, acaso una de sus mejores composiciones para violín y bajo continuo. Se destaca tanto la robustez de su construcción como las novedades de las ideas musicales que para la época fueron muy avanzadas, incluido el encanto de mezclar con gracia y audacia el efecto de trinos que suenan simultáneamente con una línea melódica; que exigió para ello una pulcritud técnica asombrosa. La que posee Bell, como muy pocos en el mundo.
Luego se escuchó una impecable versión de la novena sonata para violín y piano de Beethoven, la famosa Kreutzer , apellido del violinista francés a quien Beethoven le dedicó la obra, pero que nunca quiso o no pudo tocarla porque la conceptuaba de ininteligible, aunque con un gran valor por el equilibrio logrado entre el violín y el piano. Aquí, precisamente, se escuchó una lección de estilo beethoveniano como hacía tiempo no se obtenía, porque el piano y el violín lograron con naturalidad y en un plano de perfecto equilibrio, las brusquedades melódicas, el ritmo algo abrupto y la pasión expresiva que emana de la composición.
Pasión contenida
La segunda parte comenzó con una magistral versión de la Sonata Op. 80, de Prokofiev, obra dedicada a David Oistrakh, quien representaba para el autor, una alianza entre virtuosismo, pasión contenida y rigor. Como era de esperar, los interpretes lograron traducir el exclusivo lenguaje del genio ruso -bueno sería que su creación se escuchara con asiduidad para que la fuerza de la reiteración provocara que se conociera más una música siempre subyugante- que cuando murió y, en sus funerales, el gran Oistrakh, en mensaje que pocos advirtieron, interpretó el andante inicial, verdadera imagen sonora del cierzo que sopla entre las tumbas. Versión superlativa, porque Bell y Chiu penetraron en los más profundo del contenido de la composición, mensaje que concluye con el intento de una nueva sensación de paisaje helado, pero socarrón, que parece conducir a la nada, porque todo se diluye.
Como contraste acaso excesivamente marcado en cuanto al valor de las composiciones, se escucharon dos obras gratas; "Melodía", tercera parte de Recuerdos de un lugar querido , Op 42, de Tchaikovsky, amable y elegante, e Introducción y tarantella , de Pablo de Sarasate, página ideal para el lucimiento técnico del virtuoso. Cuando la ovación fue general y con el mismo criterio de liviandad, agregaron un arreglo de Estrellita, de Manuel Ponce. Por suerte, este ramillete fue ofrecido por ambos músicos con ejecuciones tan jerarquizadas como las del resto del recital que, en su totalidad, alcanzó el más alto nivel de excelencia.
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por Juan Carlos Montero para La Nacion, 25 de junio de 2008
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Una conmovedora despedida
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Con otro programa dedicado a Schoenberg y Bruckner, el director ofreció un magistral telón de cierre.
La despedida de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín tuvo un carácter doblemente conclusivo: fue el fin de una gira y el fin de una programación acumulativa, con las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner (7, 8 y 9) presentadas en forma cronológica y en contrapunto con dos piezas orquestales de Arnold Schoenberg, además del concierto en homenaje al Colón en el Luna Park, con Mahler y Wagner (homenaje que tuvo la forma de una dura crítica y una exhortación del director en pro de la reapertura del Teatro).
El lunes fue el turno de las Variaciones op. 31 de Schoenberg y la Sinfonía Nø 9 de Bruckner. Las Op. 31 es una pieza maestra del dodecafonismo schoenberguiano. Son nueve variaciones, enmarcadas por tres números: una introducción, la presentación del tema y un finale. A Barenboim no se le escapó ningún detalle. La transparencia fue pasmosa, sin olvidar el exquisito sombreado impresionista de la introducción -con sus armónicos y sus trémolos, su forma graduada de presentar la serie y su figuración rítmica en estilo de preludio-, además de la articulación de la forma general, las diferentes caracterizaciones de cada variación, los ritardandos más justos y expresivos. A Schoenberg le gustaba contar la anécdota de la anciana que le había reprochado no escribir más música como Noche transfigurada, a lo que él replicó: "Siempre seguí escribiendo de esa forma, aunque casi nadie se dio cuenta". Ejecuciones como las de Staatskapelle restablecen el lazo, o al menos la ilusión del lazo.
La novena de Bruckner fue magistral de punta a punta. Cuando la orquesta llegó al áspero acorde en fortísimo sobre el final del adagio (último movimiento de esta obra inconclusa), la disonancia más colosal de toda la música de Bruckner, se abrió una grieta nunca oída. Barenboim llega al clímax no por medio del puro crescendo sino por la calibración armónica más intensa y más perfecta. El sonido nunca ahoga la tensión de la armonía. El epílogo que siguió a esa grieta fue un bálsamo perfecto. Tras la última nota, un apresurado "¡bravo!" cortó el clima de suspenso (el adagio no es el movimiento conclusivo), aunque Barenboim lo corrigió con la fuerza de su gesto, petrificado unos buenos segundos con la batuta en el aire, como si la obra siguiese todavía su curso en silencio. Esta vez tampoco hubo bises: verdaderamente, no había nada que agregar
* por Federico Monjeau. Buenos Aires, Clarín, miércoles 4 de junio 2008
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El más perfecto homenaje al Colón
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Barenboim y la Staatskapelle Berlin homenajearon al centenario teatro porteño con un concierto memorable
Función extraordinaria en homenaje al Teatro Colón en su centenario, organizado por el Mozarteum Argentino
En lo que se constituye como el más jerarquizado homenaje ofrecido al Teatro Colón, la orquesta Staatskapelle de Berlín, con la batuta de Daniel Barenboim, brindó una nueva y concluyente demostración de calidad. Por su parte, el músico reiteró, a través de su criterio interpretativo, la justicia con que se lo ubica entre los más relevantes artistas de nuestro tiempo y de la historia de la dirección orquestal, donde figura con letras de molde Wilhelm Furtwängler, quien fue uno de los primeros en advertir el talento del joven músico, en esta noche puesto de manifiesto a través de un programa conformado por obras de Wagner y Mahler.
Como primera composición del programa se escuchó la obertura de Los maestros cantores de Nüremberg , del genio germano, esa página magnífica en la que se palpa una auténtica expresión de los sentimientos más profundos y las aspiraciones estéticas del pueblo alemán. Una especie de himno que, bajo el signo del amor, intenta unir las artes y tradiciones del pasado con las del presente y el futuro. Y la versión fue conmovedora por la sensibilidad expresiva del discurso musical, e impecable desde el punto de vista de la ejecución técnica.
Luego llegó el clima y los sortilegios de la música que Wagner compuso para Tristán e Isolda , obra portentosa cuyo lenguaje evidencia a lo largo de todo el poema un gran rigor en su construcción sinfónica, con ese hallazgo genial de lograr de la orquesta las sonoridades opacas y translúcidas que puedan clarificar de alguna manera impulsos del inconsciente. Pero como la partitura es abstracta, la entrega de Barenboim fue esencialmente el espejo de los pentagramas escritos por el creador, como es la constante que identifica su arte y su criterio estético. Allí se escuchó la pureza de las ideas y la sobriedad de los matices y planos indicados, pero sin ningún agregado que pudiera resultar un efecto infiel.
Por último, se valoró una traducción, impecable desde todo punto de vista, de la quinta sinfonía de Mahler, expresada de un modo totalmente alejado de consideraciones de imágenes extramusicales, detalle aún más justo al ser aplicado a lo largo de toda la obra, en la que el autor ordena de un modo riguroso y sabio el tratamiento polifónico y los recursos de la orquestación (la combinación de timbres y de colores de sonido). Un catálogo de detalles difíciles de advertir con tanta variedad y riqueza en otras obras de similar envergadura.
Los deseos de Mahler
Y en este sentido, también el cuarto movimiento, Adagietto , pasaje de los más famosos y divulgados del autor, fue objeto de un versión de infinita sobriedad y fidelidad expresiva a los deseos formulados por Mahler en su escritura: lisa y llanamente, sin exageraciones, buscando la manera de no traicionar la expresividad para no apartarla del contexto global de la obra. Es una preocupación que también fue la del autor cuando la dio a conocer con su propia dirección, dado que en ella existe un difícil y singular entretejido de sonoridades diversas. Cuando concluyó el rondó y fuga final con su grandioso efecto de sonido, había llegado a su término un concierto que ha de recordarse como uno de los más formidables sucesos de la vida musical de nuestro país.
De más está repetir juicios laudatorios sobre la calidad de la orquesta, cuando el mismo Barenboim expresó que se trata de la mejor del mundo. Pero, en cambio, bien vale señalar que esa posibilidad se obtiene si al ser virtuosos de sus instrumentos se suma la disciplina, el rigor, el estudio, el respeto y la humildad que exhibieron sus integrantes.
* por Juan Carlos Montero para La Nación
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Atrayente programa de música contemporánea
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Gran encuentro del ciclo Conciertos del Mediodía
No cabe duda de que resultó una feliz idea incluir en el ciclo Conciertos del Mediodía la presentación del Grupo Encuentros, dirigido por Alicia Terzian, que cumple treinta años de existencia interpretando música contemporánea y, principalmente, difundiendo con éxito la obra de compositores argentinos en el país y en el exterior.
Del contacto múltiple y diversificado con expresiones de la música moderna y contemporánea resultó una muestra ecléctica en la que su directora hizo sintéticos y oportunos comentarios, lo cual fue más que suficiente para ubicar perceptivamente en cada obra al numeroso público asistente. El hecho, con el cual se incitaba al público a sumergirse en la experiencia musical misma, fue un acierto; el programa de mano daba atinada información complementaria. Con estilo coloquial, directo y sencillo, Terzian allanó así un camino que algunos "entendidos" transitan a veces infructuosamente.
Fue revelador, pues, descubrir en el Soneto del ruiseñor un Guastavino infrecuente, casi inédito. En este compositor de tan vasto eco en el mundo, se cumple en grado sumo lo que Terzian estableció al referirse a la complejidad de la música de nuestro tiempo (“El creador también tiene un corazón”, afirmó). En esta bella obra, dedicada por el compositor santafecino al Grupo Encuentros, la excelente Marta Blanco asumió con voz fresca y expresiva su refinada línea melódica, en tanto que el ajustado grupo musical, con refinado fraseo, dio sostén a su voz, que supo fusionar la música y la poesía de Jesús Lorenzo Varela.
Era lícito suponer que la vocalidad de las Chansons Madécasses de Ravel, protagonizada por la mezzosoprano, se plegara con ductilidad e impecable dicción francesa al dramatismo y la sensualidad de estas canciones como si fuera un instrumento más junto a la flauta, el violonchelo y el piano, siguiendo la inspirada lectura de los versos de Parny que hizo Ravel. Así fue. La difícil simplicidad de la melodía, el ritmo y el timbre, que en una de ellas preludia el grito angustioso de la negritud africana, fue vertida aquí con refinado exotismo.
Grandes versiones
Profundamente compenetrados con los lenguajes contemporáneos, los músicos del Grupo Encuentros revelaron poseer un acrisolado grado de profesionalismo, cuando ofrecieron versiones altamente calificadas de las restantes obras, de Boulez, Leo Brouwer y la propia directora Alicia Terzian. En Dérive, del primero, prevalece la vibración sonora sobre la sustancialidad musical; privilegia formas, timbres y texturas, en un acontecimiento que parece permanecer en un presente sin fin, rasgo común con Les yeux fertiles, sobre un poema de Paul Eluard, al que Terzian dio forma musical con original empleo de la instrumentación y la voz, lo que requirió un exigente equilibrio de la expresión, que fue logrado.
Las arduas alturas e intensidades de la voz en Es el amor que ve..., del cubano Leo Brouwer, fueron cubiertas con holgura por Marta Blanco, y con ejemplar desempeño por los instrumentistas, si bien el fraseo del infaltable Piazzolla (Verano porteño), que se incluyó, resultó algo nostálgico.
* Diario La Nación, sábado 10 de mayo de 2008
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Tiempo, un seperhéroe frente al piano
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Brillante, apabullante, intimista y grandioso: el joven Sergio Tiempo agotó los calificativos en su presentación
El recital de Sergio Tiempo para la apertura de la temporada 2008 del Mozarteum aparecía como una especie de muestrario de diferentes propuestas y estéticas. De a uno en fondo, ahí estaban el clasicismo de Haydn, el romanticismo exaltado y pasional de Chopin, los misterios espectrales y los toques mágicos de Ravel y el virtuosismo romántico y vanguardista de Liszt. Ante este tipo de planteos tan cambiantes y de altísimos requerimientos técnicos, es lógico dudar de un resultado de alto nivel en toda su extensión, a menos que quien esté en el escenario sea algún tipo de superartista listo para las mil batallas. En estos términos de superhéroes, más de cómic que de Nietzsche, sin capa ni uniforme de superhéroe, apenas con pantalón y camisa negra, Sergio Tiempo fue ese spiderman que utilizó sus redes ya no para hacer caer a sus enemigos, sino para vestirlos con sus mejores galas.
En el comienzo, Sergio ofreció una lectura elegante, transparente, perlada y admirable de la Sonata Hob. XVI: 37, de Haydn. Con un toque preciso y sin apelar a emocionalidades o dramas inoportunos, la sonata pasó perfecta, pulcra y cálida. Escuchando ese segundo movimiento cargado de contrastes no tan tenues, se entiende perfectamente desde qué terreno partió Mozart para aplicar, algunos años más adelante, esas otras recetas que ampliaron el panorama de ese clasicismo todo galante.
Mirada
Frente a Chopin, Tiempo se posicionó desde un lugar poco habitual. Lejos de ciertas interpretaciones que se acercan al gran compositor polaco, entendiéndolo como un artista sólo fogoso o lírico, sin terrenos intermedios, su aproximación fue minuciosa, cambiante, con una atención casi personalizada para cada uno de los elementos con los cuales Chopin construyó una partitura fantástica. Pasional, aunque, tal vez, un tanto recatado y también poético, pareció que Sergio estaba abocado a demostrar que hay otros horizontes posibles, otros terrenos por descubrir. Con todo, si la primera parte había sido buenísima, lo mejor estaba por llegar después de la pausa.
Hacer Gaspard de la nuit no es tarea sencilla. De algún modo, Ravel fue consecuente con las imágenes sombrías o fantasmagóricas que desarrolló en cada uno de los tres cuadros de esta obra y desparramó todas las maldades imaginables. El tríptico es dificilísimo y tiene una trampa escondida a la vuelta de cada compás. Atento y con una técnica impecable al servicio de las mejores ideas, Sergio aplicó todos los toques, matices y sutilezas para descubrir, nuevamente, los secretos de una pieza increíble y bella como pocas.
Para el final, y sin pausa entre una y otra, el pianista se vistió de plácido y nocturnal para hacer la Consolación Nº 3 , de Liszt, y de demoníaco, robusto y maligno para tocar el Vals Mephisto . Brillante, apabullante, intimista y grandioso, al superhéroe de la camisa negra, al final, lo esperaba una ovación impresionante. Con naturalidad, se sonrió, se acomodó el pelo, saludó amistosamente y, nuevamente, como si todo fuera sencillo y habitual, fuera de programa, revalidó sus cualidades de artista cambiante que todo lo puede, tocó, mágico y etéreo, el Nocturno Op. 15, Nº 1, de Chopin y, para reafirmar su identidad venezolana-argentina, o viceversa, La muerte del ángel , de Piazzolla, y, a puro virtuosismo y buen gusto, un joropo maravilloso de Moisés Moleiro. Porque, después de todo, las redes que teje Sergio también pueden extenderse a terrenos que, supuestamente, nada tienen que ver con Haydn o Ravel. O tal vez sí y ya sería hora de ir entendiéndolo.
* por Pablo Kohan. Diario La Nación, miércoles 7 de mayo de 2008
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Georg Phillip Telemann, por expertos
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Comenzó el ciclo Conciertos del Mediodía con una brillante presentación de Les Goûts-Réünis
Justificada expectativa tuvo esta audición inicial del ciclo gratuito Conciertos del Mediodía a cargo de un calificado grupo de intérpretes especializados en la música barroca. Colmada la capacidad del Gran Rex, una vez más quedó desmentido el aserto prejuicioso sobre la música de ese género en cuanto a la aceptación por parte de la mayoría del público se refiere. Los gustos selectivos van en razón directa con la calidad de lo que ofrece. Y en este sentido, el público porteño no se equivocó.
Los cambios operados en el instrumental del alto barroco, hacia fines del siglo XVII y a comienzos del siguiente, no afectaron mayormente el interés del prolífico y cosmopolita Georg Philipp Telemann en cuanto al empleo de los instrumentos "históricos". Así, a la dulzura sonora de la flauta y el oboe escuchados en esta ocasión se sumó la de las cuerdas del violín barroco de Manfredo Kraemer, que lidera este calificado conjunto, de reconocidos antecedentes en el país y en el extranjero, junto con el excelente gambista Juan Manuel Quintana y la pericia de Jorge Lavista, sostén principal del bajo continuo.
Extremadamente informado y dueño de extraordinarias habilidades creativas que trasladó a su vasta obra, Telemann, quien en su tiempo supo atraer en Hamburgo a grandes audiencias internacionales en materia de ópera y conciertos, estuvo siempre más interesado en explotar el estilo barroco que en su desarrollo; así pareció demostrarlo el conjunto de obras ofrecidas en esta ocasión. Del refinado uso que hizo de él, con prodigiosa vitalidad y sumando la influencia francesa que agregó a su propio estilo se advirtió desde el comienzo de la audición con el Cuarteto en Sol mayor , de bellos y precisos contrapuntos sonoros, también en el grave central entre el violín, el oboe y la flauta, y el allegro final, vertido con ejemplar ajuste rítmico.
El fraseo conjunto se vio especialmente realzado en el Trío en La menor , con aportes de gran calidad sonora provista por los instrumentos de soplo, y el valioso aporte que la viola da gamba proveyó en el allegro final.
Conjunto muy equilibrado en cuanto al balance sonoro, la pulcritud del trazo melódico y su manejo fluido, Les Goûts-Réünis evidenció un serio conocimiento estilístico de Telemann en la clara exposición de las texturas de su discurso. Siempre cuidadosos de la afinación de sus instrumentos históricos, los músicos ofrecieron en el Trío en La menor que siguió una cuidada exposición contrapuntística entre la flauta, la viola da gamba y el violín barroco, y entre éste y la flauta; asimismo, parejo rendimiento sonoro y expresivo se logró en el mesto del Trío en Fa mayor .
El brillo alcanzado en el Cuarteto en La menor ofrecido en último término dio lugar a que los prologados aplausos del final se vieran compensados con una humorística pieza, cuya originalidad el propio Telemann hubiese celebrado.
* por Héctor Coda. Diario La Nación, domingo 20 de abril de 2008
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Jujuy - Curso intensivo de percusión
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Del 10 al 19 de marzo se realizó el Curso Intensivo de Percusión, a cargo de Gabriel Said y Fernando Vallés, organizado por Area Música Joven de Filial Jujuy, con auspicio de Mozarteum Argentino y la colaboración del Teatro Mitre.
Tomando como eje el espacio formativo destinado a los integrantes de la Orquesta Infanto Juvenil de la Provincia de Jujuy, la convocatoria reunió tambien a integrantes de múltiples géneros musicales cultivados en la provincia, a lo que se suma la importancia de haber contado con la participación de percusionistas de diferentes pueblos y ciudades.
Se trabajó aspectos técnicos específicos, destacándose las clases de tambor, batería y percusión latinoamericana. Al final de cada jornada, se dedicó tiempo a la conformación de los diferentes ensambles, con una marcada influencia de la música de la región.
Se pudieron realizar también dos talleres especiales: En Perico, destinado a músicos locales que actuaron como co-gestores, y en Maimará, destinado a los jóvenes percusionistas de la Orquesta Infantil del mencionado pueblo, con la colaboración organizativa de su directora, Nora Benaglia.

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Becarios del Mozarteum Argentino ganan importantes premios
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El bajo Fernando Javier Radó y la soprano Rocío Arbizu, ambos becarios del Mozarteum Argentino, han resultado ganadores de distintos concursos.
Fernando Javier Radó obtuvo el 2º premio del famoso concurso internacional de canto Neue Stimmen de Gütersloh (Alemania); compitiendo con más de 1100 jóvenes cantantes de 66 países. Se trata de uno de los certámenes de lírica más prestigiosos del mundo, estando presidido en la actualidad por Gérard Mortier (director de la Opera de París) y el reconocido cantante Francisco Araiza. Gracias a su excelente desempeño, Fernando será contratado por la Opera de Frankfurt.
La joven Rocío Arbizu fue distinguida con el 1º premio del IX Concurso para Jóvenes Estudiantes de Canto Lírico de la República Argentina organizado por La Scala de San Telmo.

Fernando Javier Radó
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