Comentarios sobre el Programa
Por Julio Palacio
BRUCKNER: Sinfonía no. 8
Las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner (1824-1896) han sido consideradas como su culminación en el género. Son obras extensas, elípticas y rocosas, pero pretenden alcanzar vía la abstracción, una sublimidad espiritual que las aleja completamente de la música de programa vigente en la época. Respecto de la Octava hay que decir que, como es frecuente, existe en varias versiones -en este caso tres-. Entre 1884 y 1887, el autor produjo la primera de ellas que fue considerada como inejecutable por varios directores de orquesta que se titulaban sus amigos. El frágil Bruckner cayó en la más profunda melancolía, pero se rehizo efectuando una revisión de la partitura que, con tales cambios, fue estrenada por Hans Richter en Viena en 1892. No obstante, Bruckner continuó modificando su obra, de manera que existen tres versiones de la misma.
Cuando se formó la Sociedad Bruckner en Leipzig, su responsable de entonces, Robert Haas publicó como “original” la segunda de estas versiones en 1939. Pero terminada la Guerra, Haas fue desplazado por sus simpatías hacia Hitler y reemplazado por Leopold Nowak, quien a su vez publicó una versión que incluye cortes de secciones que Haas había respetado. Esto ha dado lugar a una interminable polémica que todavía hoy permite elegir a cada director una ú otra versión. Ambas pretenden ser las “originales”.
Bruckner se mostró siempre respetuoso del canon de los cuatro movimientos. Jamás empleó órgano, coro o voces solistas como Mahler (resulta intrigante imaginar cómo habría sonado su música si así hubiera sido). Por el contrario, la misma abstracción lo llevó a una orquestación densa, pero bien definida, en la cual los metales poseen marcada importancia.
Siendo un poco extremista podría sostenerse que toda la Octava está armada en base a un sencillo motivo, consistente de una anacrusa que cae sobre un valor más largo y acentuado que generalmente comprende un intervalo ascendente de segunda mayor o un semitono descendente. Inicia el primer movimiento, una de las instancias más estremecedoras y sintéticas -unos quince minutos- que nos dejó el autor. Como siempre, hay tres temas: en este caso una amenazante figura que se erige sobre el motivo antedicho, un cantabile y una fanfarria conclusiva. El ritmo está dominado por una figura favorita de Bruckner: el grupo de dos más un tresillo (corcheas o negras) La elaboración está dominada por el primer tema con culminaciones crecientemente disonantes. Estas culminaciones tiene una curiosa característica: parece como que quisieran perforar la textura con su violento dinamismo. Como es habitual en Bruckner, la recapitulación es difusa e ignora su forma original. La lenta coda que repiquetea el motivo rítmico del comienzo ha sido llamada por algunos comentaristas imaginativos como “el reloj de la muerte”.
Bruckner coloca el “Scherzo” en segundo lugar. Su extensión temporal es casi igual a la del movimiento precedente. Según el autor, se describe allí a un personaje folklórico “El alemán Miguel” quien debe haber sido un individuo testarudo a juzgar por la insistencia sobre el primer tiempo de la idea principal. Otra vez se trata de un ländler que en su centro produce en los cornos una sonora disonancia de segunda menor. El diseño es el habitual ABA y el comienzo muestra, también en los cornos, la recurrencia del motivo básico de toda la obra.
A continuación viene un “Adagio” de media hora de duración. La naturaleza aspirante de la música de Bruckner pocas veces alcanzó contornos tan definidos como este extenso tramo. Esto es especialmente válido para el primero de sus dos temas: una amplia melodía de tres octavas de extensión, cuyo sereno comienzo se arrebata, vuelve a serenarse para culminar con las cuerdas agudas acompañadas por seráficas participaciones del arpa, instrumento que Bruckner emplea por primera vez (ya había tenido participación en el Trío del Scherzo). Como si esto no tuviera suficiente elocuencia, Bruckner procede a repetirlo de inmediato pero para llevarlo a otra tonalidad. Casi de inmediato, aparece un segundo tema, caracterizado por un salto de sexta descendente. Ambos enunciados se disputan la primacía. En varias ocasiones –otro rasgo bruckneriano- la música parece que va a alcanzar una culminación, pero esto es largamente retaceado hasta que toda la orquesta estalla en un un fortíssimo en Mi bemol -la tonalidad del movimiento es Re bemol- que precede a la recapitulación de la última frase del primer tema, armónicamente transformada por acordes modales. Finalmente, oímos una coda de serena belleza en la que los cornos dialogan con las cuerdas. Este “Adagio” es como una huella digital de toda la producción bruckneriana. Resulta tentador entenderlo como una experiencia mística de un hombre que fue un devoto católico y que era capaz de interrumpir una clase para, a la hora del Angelus,y delante de sus alumnos hincarse y ponerse a rezar.
Puede argumentarse que el “Finale” es demasiado extenso y carece de la síntesis del mismo lugar en la Séptima (que conversamente tiene un primer movimiento menos condensado que el de la Octava). Se inicia con el recuerdo del motivo básico. En líneas generales se repite la estructura tritemática del primer tiempo. La auténtica culminación de toda la obra se produce en la coda: los temas principales de los tres movimientos iniciales se superponen en un alarde contrapuntístico que resuena como una superlativa confirmación.
Franz-Paul Decker produjo la primera audición local con la Orquesta Sinfónica de Radio Nacional en la Facultad de Derecho el 1 de agosto de 1963.